08 octubre 2010

Robarte

Hoy fue un día complicado.

Salí tarde del trabajo y fue un largo camino a casa.

Manejé con cuidado, bebiendo café helado de botella, siguiendo tus recomendaciones, escuchando música y pensando en ti.

Al llegar el perro ladraba, harto del descuido al que lo he sometido por casi un mes. Chillando que lo saque a pasear, y así lo hice. Alterado a más no poder, jalando de la correa, olfateando todo. Tal vez el también te estaba buscando.

Regresé a la casa sin más ganas que de quitarme la ropa y acostarme, de pensar en ti, de soñar contigo. Metí al perro a su cuarto y le serví de cenar, me dolían las piernas y la espalda, te extrañaba horrores.

Entonces se me ocurrió una idea.

Robarte.

Sacarte de donde estés, sin que nadie pueda evitarlo, ni tus padres, ni tus recuerdos, ni tú.

Apagué todas las luces, me paré en la entrada de mi cuarto, cerré los ojos, exhalé todo el aire de mis pulmones y aguanté la respiración.

Y abrí la puerta.

Y me acosté en la cama.

Y aspiré profundo.

Ahí estabas.

Aspiré nuevamente, era tu espalda. Di un pequeño suspiro en tu cuello y abrasé la almohada... Era tu cuerpo. Estabas conmigo.

Te robé, te saqué de tu casa y te arrastré 35 kilómetros hacia mí.

Aspiré nuevamente, ahí seguías, tu risa en mis oídos, tus labios en mi pecho, tus manos en mi espalda. Toda. Completita.

Y dormiste conmigo.

Por sexto día consecutivo.

¿Te extraño?
No.
Aquí estas.

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