19 septiembre 2006

Historias Macabras

Hubo una etapa de mi vida en la que por mi cabeza solo pasaba una frase. Una oración con sujeto y predicado, con un verbo conjugado en tiempo pasado, una frase llena de sufrimiento, una expresión atiborrada de confesiones, de decesos, y testigos de posibles asesinatos.

Cuando una duda se impregna en el cerebro, no hay manera alguna de expulsarla.

Misterios de la chancla presenta:


El testigo silencioso





La primera ves que escuche esa frase fue en una noche pálida, allá en el principio de los 90’s si no me equivoco, en un antro de mala muerte de mi pueblo, no recuerdo el nombre.

Estaba platicando con un buen amigo de la inflancia cuando escuchamos:

“… murió…”

– ¿Quien murió?
– Ni una puta idea. No alcancé a escuchar bien.

Al poco rato todo el lugar estaba hablando de eso, quien murió, de que murió, por que lo mencionaron, quien sabe.

Pasaron algunos días, caminaba los 3 kilómetros que separaban mi casa de la prepa en donde estudiaba en ese momento. Entonces lo escuche nuevamente:

“… la vi morir…”

Un escalofrío subió desde la punta de mis pies hasta mis axilas y luego hasta mis parpados, regresando luego a la punta de mis pies. Mis axilas sudaron frió, mis parpados se abrieron como platos y las puntas de mis pies corrieron hechos la madre de rápido.

Al día siguiente, estando absolutamente solo en mi casa escuche por fin la frase completa. Estaba absolutamente solo. Y no la dije yo.

Desde eso no he podido quitármela de la cabeza.

De hecho escuche dos enunciados.

Cada uno más macabro que el otro.

“Rarontonga se murió. Yo la vi morir.”

¿Quien? ¿Quién podría decirme como se murió rarotonga? ¿Quién la vio morir? ¿De que murio? ¿Cuándo murio?¿Hizo erupción el volcán que la forma?

No lo se.

Casi no puedo dormir por culpa de esa maldita duda.