03 febrero 2006

Vida

Antes ya había dicho en este congal que la vida es una hija de puta. Querido lector imaginario quiero decirte que hoy lo reafirmo.

La vida es una hija de puta porque te quita todo lo que te da. Es una hija de puta pero una hija de puta justa. También te da todo lo que te quita. Y lo digo por algo hasta cierto punto específico: el peor día de mi vida fue hace seis años, en el día de mi cumpleaños. El mejor día de mi vida fue exactamente seis años después. Ayer.

Nunca antes (creo que por mi antigua predisposición pesimista) había sentido que tanta gente me quiere. Mucha gente. Digo, si el hermano de alguien importante para ti, te canta –guitarra en mano- “feliz cumpleaños” estilo rock, es porque te aprecia. Sobre todo si ese hermano es un escuincle de 4 años.

Y en el recuento del día posterior puedo decir:

Estamos en paz vida, ayer me regresaste todas las que me debías. Te perdono hasta los chocotorros que me regalaste en navidad hace mucho tiempo; los que me diste ayer fueron el mejor regalo que he recibido.

Pero no fuiste tú sola, recibiste mucha ayuda. Y a la persona que te ayudó le digo: Gracias, gracias por ayudarme a superar mis viejos traumas, pero por sobre todo, gracias por estar conmigo.

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